Al intentar encontrar respuesta a una pregunta que nunca nos debimos hacer, para evitar el dolor insufrible, nos vamos dando cuenta de lo que estamos perdiendo, de lo que hemos perdido, de lo que hemos ganado, de lo que hemos cambiado, de lo que nunca cambiará, y de lo que siempre recordaremos, aunque ahora queramos olvidar.
Lo que ahora sé, es lo que antes nunca supe. Lo que antes olvidé, es lo que ahora quiero recordar.
La vida, cual puzzle, tiene –o debería tener– cada cosa en su sitio, y un sitio para cada cosa. Porque uno no puede ser cómplice de los más dulces sueños sin ser luego víctima (y verdugo) de ellos. La vida te quita lo que la ilusión te ha dado. La vida me ha dado lo que la desilusión se me ha llevado de mi lado. De mi lado más cercano y de mi lado más humano. Se ha ido de mi lado… más pronto que temprano.
Y son las circunstancias las que me obligan a razonar así; cuando digo que la vida es como un puzzle, es un modo de entender los diversos acontecimientos que obligan a pensar lo que, por desgracia, ya llevaba tiempo pensando: la marcha de un ser tan querido y tan importante.
Una vida, bien sea ordenada o bien sea desordenada, tiene una serie de piezas, unas más importantes, otras, menos. Pero cada una cumple la función de darle forma y sentido a cualquier acto que se realice. El que falte una pieza, una pieza crucial, trascendental, elemental e irremplazable, puede hacernos creer que la mejor opción es mover el resto de piezas, o al menos alguna de ellas, para tratar de llenar el hueco dejado por ésta. Craso error. Una pieza perdida es una mala jugada que el destino ha querido jugártelo así.
Teniendo ubicadas cada pieza en su sano lugar, no es opción alguna, el moverlas, o hacer todo lo posible, y lo imposible también, para tapar ese vacío. Un vacío que no puede ser llenado, es un vacío con el que aprender a vivir. El vacío denota cierta soledad. La soledad que te invita a evadirte de manera tosca y fácil. Aun así, con viento y marea en contra, se ha de ser fuerte y siempre luchar contra la corriente. Lo que funcionaba en tu vida, debe seguir funcionando con ese vacío. Lo que te generaba ilusión y alegría, debe permanecer inalterado. Las metas encontradas, los futuros, bien lejanos, bien cercanos, bien ciertos o inciertos que perseguías, deben seguir siendo parte de un leitmotiv a encontrar y hallar.
El mover de un lado para otro, con rumbo errado, todas esas piezas que un día te funcionaron, no va a hacer que el vacío de tu mente y corazón se llene. Lo que es más, esas piezas son la esperanza de un mañana mejor, son la ilusión de un prometedor futuro. El que te espera con los brazos abiertos. Tu futuro debe nacer de tu presente. Nunca del pasado. Debe enraizarse en el hoy para llegar vivo al mañana. Entonces: el futuro es hoy. Pero, ¿y el mañana? El mañana se labra desde el pensamiento actual, para, posteriormente llevarlo y transportarlo a un mañana mejor. El mañana nace hoy.
Si hoy no intentas que el mañana sea mejor que el hoy, vivirás en un ayer constante. En ese ayer no había vacíos huecos ni soledades, ni tristezas. Pero ese ayer no es la vida que te toca vivir. Fue un antes. Fue el antes al posterior después.
El vivir anclado en un futuro basado en una mala interpretación del hoy, basándonos en el ayer, es la peor de las circunstancias para intentar seguir adelante.
Y eso, en verdad, es una tremenda equivocación.
JuAn•Lu